dissabte, 16 de novembre del 2013

El sabor del silencio

- ¿Lo notas?

- No. ¿Qué debería notar?

- Sht. Si hablas, nada.

Silencio.

- ¿Ahora?

- Sigo sin notar nada.

- Mira, lo tienes que sentir aquí.

Gloria se me acerca sin apartar su mirada de la mía. Con sus dedos pequeños me toca los labios, y sin poco esfuerzo logra abrirse paso hasta mis dientes. Noto el sabor de sus dedos dulces,  que ahora intentan separar mi mandíbula no sin conseguirlo. Mis dientes dejan paso, mi lengua recula un poco, la mantengo quieta para que pueda explorarme e indicarme dónde tengo que sentir eso. De repente, su dedo índice se apoya encima de mis papilas gustativas. Me toca la lengua y aprieta un poco mientras me dice:

- Aquí. Justo aquí.

Y yo me olvido de su mano dentro de mi boca:

- Yo do doto dada.

Con el sonido de la te y la de le muerdo suavemente su manita derecha. Pero no le he hecho daño. Su dedo sigue ahí y ella se ríe. 

- No pasa nada. 

De repente ya no hay presión sobre mi lengua y su mano sale de mi cueva. Gloria vuelve a sentarse en el sofá junto a mí. La tele sigue en silencio pero los dibujos aún parece que estén bailando con esos animales. La ve, pero no la mira. 

- Aún no pongas la voz. 

- No, no lo hago. 

Sigue con la mirada fija en el televisor y no dice nada. Se pone cómoda en el sofá, pero le molesta la pierna derecha. Parece que no encuentra la posición. De repente suelta un suspiro y se deja vencer por su incapacidad de colocación.

- Tío, ¿me puedo sentar encima tuyo?

- Pues claro, Gloria.

Y como un gatito se hace pequeña en mi falda, sus piernas finas y delgadas cuelgan de las mías, me abraza y apoya su cabeza en mi pecho. El olor de su rubio pelo me relaja. Los dos nos quedamos en silencio y medio dormidos en el sofá de ese piso viejo y frío. Solo el tic-tac del reloj del salón nos recuerda donde estamos. 

- A mí me gusta el sabor de la nada.

- ¿El sabor de la nada?

- Sí. 

- ¿Qué es el sabor de la nada?

- Pues esto. La nada. Cuando no hay nada. Cuando oigo el reloj es que no hay nada. 

- Pero esto no es el sabor, Gloria. El sabor se nota en la boca, no es algo que se oiga. 

- No es verdad. Yo sí lo noto en la lengua. Aquí. – me indica su lengua.

- ¿Y qué sabor tiene?

- Pues es... Es como comer aire. 

- Gloria, el aire no se come, se respira. En todo caso se huele. 

- No, no, no. – se pone seria – No lo entiendes tampoco. El sabor de la nada, el sabor del aire, el sabor del salón es uno muy muy muy concreto. 

Se ha enfadado. Lo noto. Está tensa. Pero ha conseguido captar mi atención. Quiero entender esa niña que parece tan inocente, esa delicada chica que saborea el silencio y sabe que es especial. 

- ¿Qué debo hacer para probar el sabor del silencio?

- Nada. 

- Gloria, venga. No te enfades. Dímelo. Me interesa, de verdad. 

- No tienes que hacer nada tío, ya está. 

- Pero sin hacer nada no lo noto y tu sí. ¿Por qué?

- Pues porque a lo mejor tu silencio hace ruido y el mío no. 

- No, mi silencio está callado. Ya verás.

- ¡Pero te lo tienes que meter en la boca antes! – se ha incorporado de inmediato. Ahora su mirada brilla, orgullosa de ser mi interés. 

- ¿Cómo lo hago?

- Cierra los ojos. Ahora abre la boca y coge aire. Ahora cierra la boca y los ojos no los abras aún. No, no mires. Y ahora no hagas nada. 

- ¿Y no pienso en nada tampoco?

- No, en nada. 

El silencio de repente llena el salón. Ella me mira profundamente, lo noto a través de mis párpados cerrados. Sé que me mira, oigo el respirar, huelo su pelo, siento el calor de su cuerpo sobre mi falda. Está atenta a cualquier movimiento que haga porque ahora es mi profesora, y esto es su experimento. Dejo pasar unos segundos, o minutos. 

- No lo has notado, ¿verdad?

Abro ya los ojos y me encuentro a una Gloria bañada en una profunda tristeza. Decepción es lo que leo en su tez. Y de repente me siento incapaz de mentir. Me he dado cuenta que me ha descubierto antes de que pueda negárselo. 

- ¿Por qué no noto el sabor del silencio, Gloria?

Silencio.