Te miro, desnuda y de espaldas. Tus nalgas se entrevén bajo la fina sábana que tímidamente te intenta cubrir, dejando al aire una pierna y ambos pies. Veo tu respiración, pausada, tranquila. Me gusta. Me excita. Con un dedo recorro tu columna hasta la nuca. Te acaricio. Te he despertado. Sin querer. Entreabres un ojo. Me miras y te ríes. Esa sonrisa. Dichosa sonrisa que tengo pegada en mi mente. Esos hoyuelos, esos ojos, esas cejas.
Un beso. Dos. Más. Y de repente las sábanas acaban en el suelo, junto a las almohadas. ¡Y qué poco nos importa! Que se queden ahí, dices, porque no van a llegar más abajo.